La carrera por la próxima secretaría general de las Naciones Unidas ya está en marcha, y la encuesta informal más reciente entre los miembros del Consejo de Seguridad, realizada el 21 de agosto, ubica en primer lugar a Carolyn Rodrigues-Birkett, excanciller de Guyana y actual embajadora de ese país ante el organismo.
Detrás de ella figuran dos candidatos de perfil más técnico: el argentino Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), reconocido por su desempeño profesional al exigirle cuentas a Irán por el ocultamiento de su programa nuclear; y la costarricense Rebeca Grynspan, economista y alta funcionaria de comercio de la ONU, considerada moderada y reformista.
Rodrigues-Birkett tiene una trayectoria diplomática convencional —embajadora ante la ONU y excanciller con experiencia en temas alimentarios—, pero sus posiciones políticas son de otro carácter. En 2013, al conmemorar 40 años de relaciones diplomáticas entre Guyana y Cuba, homenajeó a Fidel Castro como «el visionario, determinado y revolucionario detrás de todo», y afirmó que su legado trascendía a Guyana «para alcanzar a la humanidad en su conjunto».
Hacia Israel, sus intervenciones ante el Consejo de Seguridad en los últimos años estuvieron marcadas por acusaciones severas: habló repetidamente de «genocidio» y de «aspiraciones colonialistas, alimentadas por una ideología racista y religiosa de superioridad». En mayo de 2024 llegó a calificar de «cínicos» los esfuerzos israelíes por evacuar a civiles de zonas de combate en Gaza, en momentos en que Israel había logrado evacuar a la población de Rafah en pocos días, pese a que buena parte de la comunidad internacional daba esa operación por imposible.
En septiembre de 2024, Rodrigues-Birkett sostuvo además que la situación actual en la región «no comenzó el 7 de octubre de 2023», sino en 1948, año en el que —según su versión— Israel «rechazó violentamente» la solución de dos Estados. Los hechos documentados muestran lo contrario: fueron los judíos de Palestina quienes aceptaron el Plan de Partición de la ONU, mientras que los países árabes lanzaron una guerra para impedirlo, con el objetivo declarado de eliminar cualquier Estado judío apenas años después del Holocausto —cuya extensión a la región había sido reclamada por el propio liderazgo árabe palestino ante Hitler—. Esa ofensiva fracasó pese a contar con el respaldo de cinco ejércitos árabes.
El mismo patrón se repitió tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, cuando civiles israelíes fueron masacrados en medio de celebraciones de la población gazatí. La ofensiva militar israelí posterior —motivada por la negativa de Hamás a liberar a los rehenes y por su decisión de operar desde debajo de zonas civiles— fue recategorizada en buena parte del discurso internacional como agresión unilateral israelí, dejando de lado el origen del conflicto.

