Argentina Startup Nation

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Cómo un país que durante un siglo exportó recursos naturales se convirtió en líder mundial de exportación del conocimiento.

Durante generaciones, la Argentina creyó que su riqueza nacía solamente de la tierra. Del trigo y la carne, que la convirtieron en una potencia agroexportadora. Del petróleo y el gas, que alimentaron su desarrollo industrial. Del litio, el cobre, la plata, el oro y otros minerales, que hoy prometen desempeñar un papel central en la transición energética mundial.

Sin embargo, mientras el debate nacional seguía concentrado en los recursos naturales, otra Argentina emergió casi en silencio. Una Argentina que ya no exportaba únicamente toneladas. Empezó a exportar algoritmos, software, creatividad, inteligencia artificial, ciencia, conocimiento.

Ese proceso no ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de una transformación que comenzó mucho antes de que aparecieran los unicornios, las rondas multimillonarias de capital de riesgo o la inteligencia artificial generativa. Fue una construcción lenta, sostenida por universidades, científicos, emprendedores, empresas tecnológicas y políticas iniciadas por la Municipalidad de Córdoba con el apoyo de la Provincia, que comprendieron que el conocimiento podía convertirse en un activo estratégico para el desarrollo nacional.

Hoy, esa transformación es visible. Empresas argentinas desarrollan soluciones para bancos europeos, hospitales españoles, industrias japonesas, productores agrícolas brasileños, compañías mineras chilenas y grandes corporaciones estadounidenses. La economía del conocimiento dejó de ser una promesa para convertirse en uno de los sectores más dinámicos de las exportaciones argentinas y en un factor de competitividad para prácticamente todas las actividades productivas.

Córdoba, el Kilómetro Cero de la economía del conocimiento

Las grandes revoluciones económicas comienzan cuando una generación adquiere nuevas capacidades.

A fines de la década de 1990, la Argentina inició una política orientada a atraer inversiones en software, telecomunicaciones y servicios tecnológicos. Me tocó visitar las austeras oficinas de Craig Barrett, CEO de Intel, y las de Orlando Ayala, mano derecha de Bill Gates, en Seattle. También acompañar al Presidente Carlos Menem en la cumbre de Microsoft en Miami en 1999 y la posterior reunión con Bill Gates, e impulsar el MOU entre Argentina y Microsoft para atraer inversiones en desarrollo de software. En ese contexto, la cooperación internacional y la apertura hacia la industria digital permitieron posicionar al país como un destino atractivo para empresas globales.

La decisión de Motorola de instalar en Córdoba uno de sus centros de desarrollo de software marcó un punto de inflexión. Mi visita al CEO Chris Galvin en Chicago, en enero de 2000, tuvo ese objetivo. Ese mismo año iniciaron su desembarco en Argentina. Poco tiempo después llegarían Intel, EDS y otras compañías que consolidaron un ecosistema tecnológico sin precedentes.

Aquellas inversiones crearon empleo y formaron talento. Miles de ingenieros argentinos aprendieron estándares internacionales de desarrollo de software, metodologías de gestión, procesos de innovación y trabajo para mercados globales. Muchos de ellos fundaron posteriormente startups, dirigieron empresas tecnológicas o participaron en la creación de nuevas compañías que hoy exportan conocimiento a los cinco continentes.

Vista con la perspectiva del tiempo, Córdoba se convirtió en el verdadero kilómetro cero de la economía del conocimiento argentina.

Motorola, la «YPF» de la economía del conocimiento

Las comparaciones históricas siempre requieren prudencia. Pero algunas metáforas ayudan a comprender procesos complejos.

Durante gran parte del siglo XX, YPF fue una escuela de ingenieros, geólogos, técnicos y especialistas que construyeron buena parte de las capacidades energéticas del país. Su legado trascendió la producción de hidrocarburos: formó generaciones enteras de profesionales.

Décadas después, Motorola desempeñó un papel semejante en una industria completamente diferente.

No fueron empresas equivalentes. Sin embargo, ambas demostraron que las organizaciones capaces de formar personas terminan transformando industrias enteras.

Motorola desarrolló software y construyó capacidades.

Después llegaron otras compañías internacionales que reforzaron ese proceso. Sin proponérselo, ayudaron a crear una comunidad de ingenieros, emprendedores y líderes tecnológicos que alimentó el nacimiento de cientos de startups.

Silicon Valley tuvo a Fairchild Semiconductor. Finlandia tuvo a Nokia. Israel construyó un ecosistema donde, bajo el liderazgo de Technion (el alma mater tecnológico de ese país), universidades, empresas, investigación y capital emprendedor convergieron para dar origen a la Startup Nation.

Argentina encontró uno de sus puntos de partida en Córdoba.

 Cumbre del Presidente Carlos Menem y Bill Gates por inversiones de Microsoft en Argentina.

La revolución silenciosa

Mientras la atención pública seguía concentrada en los sectores tradicionales, una nueva economía comenzaba a expandirse sin ocupar las primeras planas. No necesitaba puertos para exportar, ni oleoductos, ni minas. Su infraestructura era otra: universidades, laboratorios, centros de desarrollo, fibra óptica, centros de datos. Y, sobre todo, talento.

Hoy, las startups argentinas desarrollan soluciones para agricultura de precisión, salud digital, inteligencia artificial, biotecnología, logística, marketing, comercio electrónico, seguros, minería, energía, ciberseguridad y servicios financieros. La innovación dejó de ser un sector económico. Comenzó a convertirse en la inteligencia que potencia a todos los demás.

El país de los unicornios

En apenas dos décadas, Argentina pasó de ser un actor emergente a convertirse en uno de los ecosistemas emprendedores más relevantes de América Latina. Los unicornios argentinos demostraron que era posible crear compañías globales desde el hemisferio sur.

Pero el verdadero fenómeno no reside únicamente en esas empresas. Detrás de cada unicornio existe un entramado de miles de startups, cientos de aceleradoras, universidades, centros científicos, inversores, mentores y profesionales especializados que conforman un ecosistema de innovación distribuido en todo el territorio nacional.

Cada startup que nace genera nuevas capacidades. Cada empresa que escala forma nuevos emprendedores. Cada éxito multiplica el siguiente. Ese efecto multiplicador constituye el verdadero patrimonio estratégico de la economía del conocimiento.

La lección de Startup Nation: el sueño de Shimon Peres

Hace más de veinticinco años, durante una visita oficial a Israel como Secretario de Comunicaciones, mantuve reuniones con Shimon Peres, luego Presidente de Israel e impulsor del Concepto de Israel Startup Nation, y con Hannan Achsaf, presidente de Motorola Israel, en el marco de iniciativas destinadas a ampliar el acceso a Internet, la informática y las nuevas tecnologías. Aquellas conversaciones giraban alrededor de una idea sencilla pero poderosa: democratizar el conocimiento era una condición para democratizar las oportunidades.

 

 

Reunión de Trabajo: Shimon Peres, presidente de Israel, y Germán Kammerath, secretario de comunicaciones de Argentina.

 

Peres sostenía que el principal recurso estratégico de una nación no era el tamaño de su territorio ni la abundancia de sus recursos naturales, sino la capacidad de transformar conocimiento en innovación. En ese encuentro me pidió le trasmitiera a su amigo, el Presidente Carlos Menem, la felicitación por cómo Argentina había «cerrado la brecha tecnológica con el mundo desarrollado». Peres estaba conmovido por el apoyo argentino a la Autonomía Palestina a través de centros populares de internet, como una apuesta por el acceso de sus jóvenes a la era del conocimiento digital.

Esa visión terminaría inspirando el concepto de Startup Nation.

Argentina no necesitó reproducir el modelo israelí. Desarrolló una estrategia propia, basada en sus fortalezas: universidades de excelencia, una comunidad científica reconocida, una industria nuclear con capacidades exportadoras, un ecosistema espacial, empresas tecnológicas competitivas y una generación de emprendedores acostumbrada a competir globalmente. Y vaya si lo logró: el Complejo exportador de la economía del conocimiento es uno de los más importantes de Argentina, en solo una década.

La brújula del siglo XXI

El desafío argentino consiste en construir un proyecto nacional donde la inteligencia artificial, los centros de datos, la computación cuántica, la biotecnología, la industria satelital con mayor participación privada, la tecnología nuclear, la economía creativa y cientos de miles de emprendedores formen parte de una misma visión de desarrollo.

Las grandes economías del futuro no competirán solamente por recursos naturales. Competirán por atraer o retener talento. Por generar propiedad intelectual. Por crear empresas capaces de resolver problemas globales. Por transformar ideas en innovación.

Argentina ya demostró que posee ese talento. Ahora necesita una brújula que permita convertir esas capacidades dispersas en una política de Estado sostenida en el tiempo.

Shimon Peres, ex-presidente de Israel.

 

Porque las naciones que liderarán el siglo XXI no serán necesariamente las que posean más petróleo, más litio o más tierras fértiles. Serán aquellas capaces de convertir la inteligencia de su gente en su principal ventaja competitiva.

Quizás esa sea la verdadera historia de la Argentina que comienza a emerger. Un país que seguirá exportando alimentos, energía y minerales, pero que también aprendió a exportar aquello que ningún barco puede transportar y ningún mercado de materias primas puede cotizar: la imaginación, el conocimiento y el talento de su gente.

La nueva agenda: del país que exporta conocimiento al país que lidera la innovación

Toda generación tiene la responsabilidad de identificar cuál será la próxima frontera del desarrollo. La generación que construyó la Argentina agroexportadora comprendió el valor estratégico de los ferrocarriles, los puertos y la educación pública. La generación que impulsó la industrialización entendió la importancia de la energía, el acero y la infraestructura. La generación que abrió el camino de la economía del conocimiento demostró que el talento podía convertirse en un motor de crecimiento y en uno de los grandes complejos exportadores del país.

La siguiente etapa exige una ambición aún mayor. No alcanza con celebrar el éxito de las startups o el nacimiento de nuevos unicornios. El desafío consiste en construir una agenda capaz de anticipar las tecnologías que definirán la economía de las próximas décadas.

La inteligencia artificial dejará de ser una herramienta exclusiva de las empresas tecnológicas para convertirse en la nueva infraestructura intelectual de toda la economía. Está transformando la agricultura de precisión, la medicina personalizada, la industria manufacturera, el comercio, la logística, las finanzas, la educación, la administración pública y la investigación científica. La cuestión ya no será si un sector utilizará inteligencia artificial, sino con qué velocidad logrará incorporarla.

La computación cuántica representa otro de esos desafíos estratégicos. Aunque todavía se encuentra en una etapa de desarrollo, su potencial para revolucionar la simulación de materiales, la optimización industrial, la investigación farmacéutica, la criptografía y la ciencia básica obliga a fortalecer las capacidades académicas y científicas argentinas. Universidades, centros de investigación y empresas deberán formar recursos humanos capaces de participar en una tecnología que probablemente redefina la competitividad global durante las próximas décadas.

La robótica, los drones y los vehículos autónomos seguirán un camino similar. Lo que hoy parece una innovación reservada para determinados sectores comenzará a integrarse progresivamente en la agricultura, la minería, la construcción, la logística, la seguridad, la salud y la industria.

Para un país con una sólida tradición en ingeniería y un ecosistema emprendedor en expansión, esas tecnologías representan una oportunidad para crear nuevas empresas, aumentar la productividad y desarrollar soluciones exportables.

Plan Presidencial argentina@internet.todos en los 90’s.

 

En materia energética, la transformación digital también plantea nuevos desafíos. La creciente demanda de electricidad asociada a la inteligencia artificial y a los grandes centros de datos está llevando a numerosos países a evaluar distintas alternativas de generación de energía de bajas emisiones. En ese contexto, los reactores modulares pequeños (SMR) despiertan un creciente interés internacional. Argentina cuenta con una reconocida trayectoria en ingeniería nuclear y ha desarrollado capacidades de diseño propias que pueden constituir una ventaja competitiva si estas tecnologías alcanzan una adopción más amplia en el futuro.

La industria espacial también atraviesa una profunda transformación. La reducción de costos de lanzamiento, el crecimiento de los pequeños satélites, la observación terrestre, las telecomunicaciones y la economía basada en datos abren un espacio cada vez mayor para la participación del capital privado y de nuevas empresas tecnológicas. Argentina dispone de capacidades científicas e industriales que podrían potenciarse mediante un ecosistema donde convivan instituciones públicas, universidades, startups e inversión privada.

Ninguna de estas tecnologías constituye un objetivo en sí mismo. Son instrumentos para construir una economía más productiva, más innovadora y con mayor capacidad para competir globalmente.

Las grandes naciones lideran porque llegan antes. Porque identifican con anticipación las tendencias que transformarán la economía y deciden invertir en ellas cuando todavía representan una apuesta. Ese ha sido, históricamente, el rasgo distintivo de los países que marcaron cada revolución tecnológica. La Argentina ya demostró que puede producir científicos, ingenieros, emprendedores y empresas capaces de competir en los mercados más exigentes del mundo.

La tarea pendiente consiste en convertir esas fortalezas en una estrategia nacional que permita cumplir un viejo mandato de su historia: no limitarse a adoptar las grandes innovaciones del mundo, sino participar activamente en su creación y en la distribución de sus beneficios.

La verdadera medida del progreso de un país será la cantidad de innovación que sea capaz de producir, exportar y poner al servicio de toda su humanidad.

 

Germán Kammerath
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Ex-Secretario de Comunicaciones de la Nación. 

Germán Kammerath

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