El genetista Nir Barzilai fue distinguido en el listado de referentes de la longevidad elaborado por la revista TIME, en reconocimiento a un trabajo que ayudó a impulsar un nuevo enfoque en medicina. En lugar de tratar enfermedades individuales, sus investigaciones respaldan la idea de que atacar la biología del envejecimiento con fármacos e intervenciones de estilo de vida podría extender de manera más amplia el «health span», es decir, los años de vida saludable de una persona.
«Ahora mismo nuestra expectativa de vida máxima es de 115 años, y cerca de la mitad de nosotros morimos alrededor de los 80», afirma Barzilai. «No sé si alguna vez vamos a superar la marca de los 115 años, pero deberíamos poder ganar décadas más de vida y de buena salud».
Durante décadas, Barzilai estudió a centenarios y «superagers» —personas que viven más de 95 años con buena salud— junto con los factores biológicos y genéticos que les permiten resistir enfermedades y retrasar el envejecimiento. Junto a sus colaboradores, identificó varios factores asociados a la longevidad saludable, entre ellos variaciones en genes vinculados al metabolismo del colesterol y los lípidos. Los investigadores exploran ahora si es posible crear fármacos que imiten a estos llamados «genes de la longevidad», y Barzilai colidera un proyecto ambicioso, la SuperAgers Initiative, en busca de más genes que ayuden a frenar el envejecimiento y las enfermedades. El proyecto apunta a reclutar a 10.000 personas mayores de 95 años y a sus familiares para el estudio. «Nadie llega a los 100 años sin una explicación genética, así que tratamos de entender la biología detrás de eso», explica. «Ese conocimiento nos ayudará a desarrollar más fármacos».

Barzilai también tuvo un rol clave en impulsar la idea de que fármacos ya existentes podrían reutilizarse como tratamientos que favorecen la longevidad. Diseñó un ensayo clínico para evaluar si la metformina, un medicamento contra la diabetes, podría retrasar la aparición y el avance de enfermedades relacionadas con la edad, como las cardiovasculares y el cáncer. Ese ensayo todavía no se puso en marcha, pero Barzilai sostiene que su diseño podría ser adaptado por otros grupos interesados en evaluar si medicamentos como los agonistas GLP-1 podrían usarse no solo para tratar una enfermedad puntual, sino para prevenir múltiples condiciones asociadas a la edad.
Barzilai también colidera un proyecto orientado a encontrar biomarcadores confiables del envejecimiento, que permitirían comprobar si fármacos y mejoras en el estilo de vida —como el ejercicio y el sueño— efectivamente ralentizan el envejecimiento de una persona.
Todo esto tiene implicancias enormes para la forma en que podríamos vivir y envejecer, y Barzilai está decidido a mostrarle al mundo cuán transformadora puede ser la ciencia de la longevidad. «Hay mucha basura dando vueltas», dice, y esa «basura» a veces opaca lo que él considera investigación verdaderamente revolucionaria. Incluso evita el término que suele acompañar su especialidad: sostiene que la palabra «longevidad» quedó desgastada por el exceso de exageración y desinformación. En cambio, prefiere hablar de «gerociencia», el estudio de cómo los procesos biológicos del envejecimiento contribuyen a la enfermedad. «La longevidad es el resultado. La gerociencia es el mecanismo», afirma.
Para Barzilai, cambiar el lenguaje es parte de transformar el campo. Dirige el Instituto de Gerociencia del Albert Einstein College of Medicine, en Nueva York, y preside la Academy of Geroscience, una coalición de científicos dedicada a impulsar la investigación sobre la biología del envejecimiento. Ambas organizaciones cambiaron de nombre recientemente bajo su liderazgo. «Necesitamos distinguirnos de todo el ruido», dice Barzilai. «Se volvió importante tener la palabra ‘ciencia’ en el nombre».

