Ninguno de los dos países reconoce al Estado de Israel ni permite el ingreso de sus ciudadanos. La política, sostenida durante décadas, escaló en las últimas semanas con la amenaza de deportaciones en Malasia, la reacción del Congreso estadounidense y un historial de vetos deportivos que le costó a Indonesia la sede de un Mundial.
En el Sudeste Asiático existe un fenómeno singular: una hostilidad persistente hacia Israel en países que prácticamente no tienen población judía. En Malasia e Indonesia, las dos naciones de mayoría musulmana más influyentes de la región, el rechazo se expresa a través de un «antisionismo de Estado» que niega el reconocimiento diplomático a Israel, prohíbe la entrada a los portadores de su pasaporte y, en sus manifestaciones más extremas, se desliza hacia un discurso abiertamente antisemita.
Malasia: deportaciones y choque con Washington
La postura oficial malasia quedó expuesta con crudeza en las últimas semanas. El primer ministro Anwar Ibrahim reafirmó que su país no reconoce al Estado de Israel y advirtió que cualquier ciudadano israelí detectado en territorio malasio será deportado de inmediato. La declaración se produjo tras el escrutinio sobre Network School, una comunidad de nómadas digitales fundada por el inversor estadounidense Balaji Srinivasan, señalada en redes sociales por incluir participantes israelíes y finalmente clausurada por las autoridades.
La reacción de Washington no tardó en llegar. Un grupo de congresistas estadounidenses envió una carta al secretario de Estado Marco Rubio exigiendo la revisión de los vínculos de seguridad y de la asistencia militar a Malasia si la política, que calificaron de discriminatoria, no se revierte. El Departamento de Estado convocó además al embajador malasio para pedir explicaciones. Anwar desestimó el reclamo y sostuvo que su gobierno se opone a los ciudadanos israelíes, no a los judíos, una distinción que resulta difícil de sostener cuando la exclusión alcanza a toda persona por su nacionalidad, con independencia de su conducta individual.
El antecedente histórico tampoco ayuda a esa distinción: ex primeros ministros como Mahathir Mohamad expresaron durante décadas posturas abiertamente hostiles hacia los judíos, mezclando la crítica política a Israel con un discurso de inconfundible tinte antisemita.
Indonesia: el veto que le costó un Mundial
Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo, tampoco mantiene relaciones diplomáticas con Israels. La hostilidad social se intensifica en cada pico del conflicto en Medio Oriente, con boicots comerciales y protestas masivas organizadas por grupos islámicos.
Pero fue en el terreno deportivo donde esa política tuvo sus consecuencias más visibles. En 2023, cuando la selección juvenil de Israel clasificó al Mundial Sub-20 que Indonesia debía organizar, estallaron protestas callejeras en Yakarta y figuras políticas clave, incluido el gobernador de Bali, se negaron a recibir al equipo israelí. Ante la falta de garantías, la FIFA le retiró la sede a Indonesia y trasladó el torneo de emergencia a la Argentina, un golpe económico y reputacional enorme para el fútbol indonesio.
El veto se repitió en 2025, cuando el gobierno bloqueó las visas del equipo israelí de gimnasia para el Campeonato Mundial de Gimnasia Artística en Yakarta, invocando la presión de los clérigos islámicos y la guerra en Gaza. Esta vez la respuesta llegó del Comité Olímpico Internacional, que condenó la medida y amenazó formalmente con recomendar a todas las federaciones que no organicen eventos internacionales en territorio indonesio.
Una política con precio creciente
Durante décadas, la exclusión de los israelíes fue para Malasia e Indonesia una política sin costos: una bandera interna que no comprometía sus relaciones externas.
Ese equilibrio parece estar quebrándose. La presión del Congreso estadounidense sobre Kuala Lumpur y las sanciones deportivas sobre Yakarta muestran que la discriminación por nacionalidad empieza a chocar con las reglas del sistema internacional.
