Ni Israel ni Palestina juegan el domingo en el MetLife, pero el discurso digital transformó la definición del Mundial en un proxy del conflicto de Medio Oriente, con Messi y Lamine Yamal como símbolos enfrentados y un costado oscuro: la proliferación de teorías conspirativas antisemitas.
La final del Mundial 2026 entre España y Argentina llega cargada de un simbolismo que excede por completo lo futbolístico. El discurso en redes sociales convirtió el partido en una suerte de proxy del conflicto de Medio Oriente, al enfrentar a dos países que en los últimos años adoptaron posiciones diametralmente opuestas sobre Israel, y disparó una ola de teorías conspirativas antiisraelíes y antisemitas. «We are getting an Israel versus Palestine World Cup», sintetizó un creador de contenido en X, en una frase que se viralizó en la previa.
El reparto de roles se explica por la política exterior de ambos gobiernos. El presidente argentino Javier Milei se declaró «sinceramente orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo», y bajo su gestión Argentina se transformó en uno de los apoyos más firmes de Israel, mientras que Messi —católico practicante— realizó varios viajes a ese país. España, en cambio, ha sido una de las voces europeas más críticas del accionar israelí en Gaza y reconoció formalmente al Estado palestino en mayo de 2024.
Messi contra Yamal, los símbolos de cada bando
Las figuras de ambas selecciones encarnan el contraste. Lamine Yamal, señalado como heredero futbolístico de Messi, exhibió una bandera palestina en mayo tras la consagración de su club en el campeonato español, y durante la semifinal ante Francia, el actor español Javier Bardem fue filmado en el estadio recibiendo una bandera palestina y llevándose la mano al corazón.
El activismo digital de ambos lados eligió rápidamente su equipo. Khabib Nurmagomedov, el exluchador de MMA y ferviente defensor de la causa palestina, publicó en Instagram que sabe a quién apoya, mientras que del otro lado usuarios pro-israelíes destacaron a Argentina como la única selección abiertamente alineada con Israel entre las participantes. En Israel, el propio primer ministro Benjamin Netanyahu citó el apoyo de Milei como razón para hinchar por la Albiceleste, y una encuesta reciente mostró que Argentina es la clara favorita de los televidentes israelíes del Mundial, elegida por el 38% de los consultados.
El costado oscuro: conspiraciones y antisemitismo
La disputa simbólica derivó en terreno peligroso. Tal-Or Cohen Montemayor, directora de CyberWell, una organización israelí que monitorea el antisemitismo online, advirtió que el escenario masivo del Mundial está siendo explotado para difundir teorías conspirativas antisemitas, y que muchas publicaciones críticas de Messi y Argentina no mencionan explícitamente a los judíos pero invocan esas teorías mediante referencias indirectas: desde la alusión a los Protocolos de los Sabios de Sion hasta la afirmación de que los judíos controlan la FIFA, variantes de la misma idea conspirativa sobre un supuesto poder oculto judío. Un streamer conocido por difundir consignas nazis llegó a escribir que Argentina es «el Israel de Sudamérica».
Un relato con grietas
La dicotomía, sin embargo, es menos nítida de lo que las redes sugieren. Muchos argentinos rechazaron la etiqueta de «selección pro-israelí», y otros recordaron a Diego Maradona, quien le dijo alguna vez a Mahmoud Abbas que su corazón era palestino. En la propia Gaza, hinchas de Argentina y devotos de Messi alentaron a la Albiceleste en una reciente proyección pública, una imagen que desarma cualquier lectura binaria. Y el fenómeno trasciende la final: a lo largo de las seis semanas del torneo, hinchas, jugadores y federaciones utilizaron el Mundial como plataforma para criticar a Israel, visibilizar el sufrimiento palestino y reclamar su expulsión de la FIFA.
El domingo, cuando ruede la pelota en Nueva Jersey, millones verán un partido de fútbol. Pero otros millones verán algo más: la confirmación de que en la era de las redes sociales ningún acontecimiento global escapa a la política, y de que el deporte —lejos de ser el territorio neutral que la FIFA proclama— se volvió uno de los campos de batalla simbólicos más disputados del conflicto más viral del planeta. Para Argentina, que ya cargó en este Mundial con el peso histórico de Malvinas ante Inglaterra, la final suma una capa geopolítica que sus futbolistas jamás eligieron.
