La comunidad drusa de Israel: 150.000 ciudadanos con servicio militar obligatorio y una identidad milenaria propia

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Cerca de 150.000 drusos viven en Israel como ciudadanos plenos del Estado. Son el único grupo musulmán con servicio militar obligatorio para los hombres, sirven en unidades de élite y ocupan cargos públicos de primer nivel. Su historia como comunidad se remonta al siglo XI.

Una fe cerrada y una identidad sin fronteras religiosas convencionales

Los drusos son un grupo étnico y religioso de habla árabe que surgió en el siglo XI a partir de una rama del islamismo chiita. Desde sus orígenes, la comunidad adoptó una postura de hermetismo doctrinal: no acepta conversiones ni permite el abandono de la fe, y sus textos sagrados permanecen reservados para un círculo de iniciados. Esa opacidad fue durante siglos una estrategia de supervivencia para una minoría que habitaba territorios gobernados por distintos poderes.

La comunidad drusa se distribuye hoy principalmente en cuatro países: Israel, Siria, Líbano y Jordania. En Israel, los drusos se concentran en el monte Carmelo, la Galilea y los Altos del Golán. De los aproximadamente 150.000 drusos que viven en el país, alrededor de 120.000 son ciudadanos israelíes con plenos derechos. Los restantes, que residen en los Altos del Golán, tienen un estatuto especial de residentes permanentes y en su mayoría han elegido no solicitar la ciudadanía israelí, en un gesto que refleja la complejidad de su posición histórica entre Israel y Siria.

Su identidad no encaja en las categorías convencionales del Medio Oriente. No son judíos, no son árabes en el sentido político del término, no son musulmanes en el sentido institucional. Son drusos, y esa identidad —forjada durante siglos de convivencia difícil con poderes mayoritarios— es el eje de su cohesión como pueblo.

El pacto de sangre con el Estado de Israel

Desde la fundación del Estado de Israel en 1948, la comunidad drusa tomó una decisión que la distingue de todas las demás minorías no judías del país: comprometerse activamente con la defensa del Estado. Al principio como voluntarios, y desde 1956 como reclutas bajo el servicio militar obligatorio, los jóvenes drusos integran las Fuerzas de Defensa de Israel, incluyendo unidades de élite. Esa participación ha generado una narrativa de lealtad mutua y de «pacto de sangre» entre la comunidad y el Estado que tiene expresión concreta en la vida pública israelí.

Drusos han ocupado posiciones ministeriales en distintos gobiernos israelíes. Salaj Tarif fue ministro sin cartera en el gobierno de Ariel Sharon. Aiuv Kara fue ministro de telecomunicaciones durante el gobierno de Benjamin Netanyahu. Esa presencia institucional convierte a la comunidad drusa en un caso singular dentro del mosaico de minorías de Israel: profundamente integrada en las estructuras del Estado, sin perder su identidad propia.

Sin embargo, esa integración tiene tensiones documentadas. Líderes drusos han señalado en distintas instancias que el reconocimiento simbólico no siempre se traduce en equidad presupuestaria, y que las restricciones al desarrollo urbano en sus localidades generan una brecha entre el compromiso con el Estado y las condiciones materiales de vida en sus pueblos. La Ley del Estado-Nación de 2018, que jerarquiza el carácter judío del Estado, fue recibida con malestar por sectores de la comunidad que consideraron que contradecía décadas de esfuerzo compartido.

Mujeres drusas y el cambio generacional

Una de las transformaciones más notorias dentro de la comunidad drusa israelí en los últimos años es el avance de las mujeres en la vida pública local. Durante los primeros 75 años del Estado de Israel, solo 71 mujeres de todas las comunidades árabe-israelíes —beduinas, drusas y otras árabes— ocuparon cargos en gobiernos locales, una cifra que refleja la densidad del techo de cristal cultural y político que enfrentan.

Ese panorama está cambiando de forma gradual pero visible. En localidades como Isfiya, en el monte Carmelo, mujeres como Samira Azzam lideran procesos de renovación política desde adentro de la estructura comunitaria, con trabajo de base y estrategias de largo plazo. En ciudades beduinas del norte, otras mujeres han roto simultáneamente barreras de género, estado civil y origen para llegar a consejos locales y cargos ministeriales. El Programa 120 de la organización Shaharit, que forma líderes de comunidades judías y árabes en paralelo, es uno de los espacios institucionales donde esas trayectorias se desarrollan.

El cambio generacional en la comunidad drusa israelí es también una ventana a la diversidad interna de Israel, un país donde el 21,4% de la población es árabe, según la Oficina Central de Estadísticas, y donde esa población incluye musulmanes, cristianos, drusos y beduinos con historias, identidades y vínculos con el Estado profundamente distintos entre sí.

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